HANÓI, Vietnam (AP) — En siete países, siete personas se despertaron para enfrentar días que ya no se parecían a los de antes.La guerra en Irán comenzó hace meses y a miles de kilómetros de distancia. Pero sus efectos rebotaron rápidamente por todo el mundo: primero en los mercados petroleros, elevando los precios del combustible. Luego, el impacto se expandió hacia afuera: a granjas, fábricas y presupuestos familiares. Al tejido mismo de la vida.
La economía mundial sigue atada a los combustibles fósiles, que también impulsan el cambio climático. Un shock severo a ese sistema podría empujar a 45 millones de personas más a la pobreza, advirtió el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Para quienes están lejos del campo de batalla, la guerra no llegó en forma de misiles o bombardeos, sino a través de las alteraciones de la vida cotidiana: negocios que ya no funcionaban, despedidas llenas de miedo y medios de vida empujados más cerca del abismo.
Estas son algunas de sus historias.
Filipinas: Bañarse con jabón para la ropa
QUIÉN/DÓNDE: Edgar Funelas, Manila
DÍA TRASTOCADO: 10 de abril
Funelas se baña junto a su vehículo, moviéndose rápido antes de que la ciudad despierte. Se echa agua sobre la cabeza desde una manguera verde. Detrás de él, su jeepney permanece inmóvil y gastado. Su hija de 10 años duerme dentro.
Utiliza jabón para la ropa —más áspero, pero más barato— para lavarse el cuerpo y la ropa con lo mismo, estirando el poco dinero que tiene. Incluso antes de la guerra con Irán, vivía al límite. Un incendio destruyó su casa y sus pertenencias, obligándolos a mudarse al minibús de colores vivos que él conducía.
Había esperado poder alquilar una habitación para estas alturas. Luego se dispararon los precios del diésel y ya no pudo pagar el combustible para hacer funcionar su jeepney.
No ha ganado ni un solo peso en días. No habrá desayuno. El hambre lo carcome, pero lo que más extraña son los pequeños rituales de privacidad: poder lavarse sin que lo vean, dormir tras las paredes, evitar que su desesperación quede expuesta.
Esa mañana, después de enjuagarse, espera encontrar trabajo como despachador en una terminal de jeepneys cercana: organizar la fila de vehículos, llamar a los conductores por turno y acomodar a los pasajeros en cada jeep.
Desde hace semanas, él y su hija comen sólo lo que otros pueden compartir. Ella ya dejó la escuela. Por la noche, él bebe agua y le deja la comida a ella, para que pueda acostarse con el estómago lleno.
Antes de la guerra ganaba unos 8 dólares al día conduciendo, a veces el doble en los días buenos. Ahora, por cada vehículo que llene ganará unos 16 centavos: apenas lo suficiente para comprar un pedazo de pan.
“Esto es lo que hacemos. Aguantar y esperar que los precios bajen. Esperar que la guerra termine. Y tratar de encontrar maneras de ganar algo, para que al menos podamos comer”.
Estados Unidos: Equilibrar el presupuesto y la familia
QUIÉN/DÓNDE: Marlyn Garcia, Nueva York
DÍA TRASTOCADO: 30 de junio
Garcia, de 25 años, sale de un banco de alimentos una mañana de martes con dos bolsas llenas de arroz, pasta, productos frescos y otros básicos. Los víveres ayudarán a alimentar a su familia durante otra semana.
La comida es gratis: un pequeño respiro para un presupuesto doméstico tensionado por el aumento del precio de la gasolina tras la guerra en Irán. Pero Garcia también tiene que calcular sus días: citas médicas, la sesión de terapia ocupacional de su hijo de 3 años, recoger a su hija, preparar la cena.
Y antes de todo eso, está el estacionamiento. Encontrar un lugar en la calle puede tomar hasta una hora. Cada vuelta lenta a la manzana quema combustible.
Llegó a Nueva York desde la República Dominicana cuando era niña y pasó parte de su adolescencia en el sistema de refugios de la ciudad con su madre. Hoy trabaja a tiempo parcial como asesora de lactancia materna en el Bronx. Su pareja, Steven Espaillat, perdió su empleo como asistente legal en marzo y ahora toma turnos de Uber mientras busca trabajo permanente.
Su Toyota Camry se ha vuelto indispensable. Lo comparten tres adultos. Garcia y Espaillat lo usan la primera mitad de la semana; su suegra lo usa la segunda. Ese lunes, ella compró gasolina a 3,97 dólares el galón (1,05 dólares por litro). Con los precios del combustible cambiando, ahora hay que planificar cada milla.
La familia vive en un apartamento con renta estabilizada que cuesta 800 dólares al mes. La asistencia gubernamental para alimentos ayuda a llenar el refrigerador. Los precios más altos de la gasolina están erosionando sus ahorros y ella ha empezado a tomar cada turno extra que puede, especialmente los que puede hacer desde casa.
Garcia aún espera comenzar estudios de posgrado, inspirada por las necesidades de desarrollo de su hijo para ayudar a familias como la suya. Se recuerda a sí misma que otros están peor. Pero la aritmética de la supervivencia se vuelve cada vez más difícil.
Aun así, sigue haciendo que los números cuadren por los dos niños pequeños que la esperan en casa. “Es verano, así que siempre quieren un helado y quiero asegurarme de tener ese dinero extra para ellos”, comenta. “No deberían tener que sufrir por lo que sea que esté pasando en el mundo”.
Nigeria: Intentar mantener el generador en marcha
QUIÉN/DÓNDE: Oluwatosin Awodunmila, Lagos
DÍA TRASTOCADO: 5 de junio
Awodunmila y su esposo, copropietarios de un negocio de impresión en Somolu, un suburbio residencial de ingresos dispares en el centro de Lagos, llegan temprano como de costumbre, después de dejar a sus dos hijos en la escuela.
La calle está silenciosa, en parte porque el día apenas comienza y en parte porque no había electricidad. Las máquinas en las tiendas están apagadas.
Awodunmila recorre con la mirada el local y los proyectos pendientes: brillo labial, llaveros, bolsas de papel. Pero tiene que esperar a que haya electricidad, que casi no llega hoy en día. La otra opción es encender el generador de tamaño mediano afuera del local. Pero desde que empezó la guerra, el precio del combustible por litro casi se ha duplicado, de 800 nairas a 1.400 nairas (de 60 centavos a 1 dólar).
Este salto de precio ha llevado el negocio casi a un punto muerto. En Nigeria, el precio minorista del combustible determina el precio de todo lo demás. Si usan el generador, el margen de ganancia se reduce a casi nada. Habían decidido no aumentar el precio de su servicio para conservar a sus clientes.
Así que esperan la electricidad y se quedan sentados, como esa mañana, mientras los clientes presentan quejas por la lentitud en las entregas. El lunes, cuatro días antes, no hubo electricidad hasta las 7 de la tarde, y el consumo de combustible solo de ese día fue de 30.000 nairas (21,85 dólares), más de la mitad de lo que esperaban ganar con los trabajos del día.
Recientemente, cambiaron su política de entrega de un día hábil a entre tres y cinco días laborables.
“Mi mayor deseo ahora mismo es tener suministro eléctrico las 24 horas y que termine la guerra en Irán —y, por supuesto, que baje el costo del combustible”.
Nepal: Preocupada por un ser querido ausente
QUIÉN/DÓNDE: Madre de 54 años, Katmandú
DÍA TRASTOCADO: 19 de mayo
La casa vuelve a estar en silencio. Revisa su teléfono, con la esperanza de que su hijo haya aterrizado. Aún es demasiado temprano para esperar una respuesta. En algún punto entre Nepal y Abu Dabi, él regresa al hotel donde trabaja después de una visita a casa.
Pidió no ser identificada, por temor a que su hijo pudiera enfrentar represalias en el trabajo.
La guerra en Irán ha hecho más difícil esta despedida. Imágenes de misiles y ataques aéreos, y reportes de trabajadores migrantes muertos en el conflicto, la han dejado angustiada. Vuelve a tomar el teléfono.
Esa mañana, la casa estaba llena. Amigos y familiares se reunieron para despedir a su hijo. Ella iba y venía entre la cocina y la sala de oración, sirviendo té y rezando por un viaje seguro. El incienso, las conversaciones y el sonido de una campana de oración llenaban la casa. El perro ladraba, sin saber que se estaba llevando a cabo una despedida.
Condujeron hasta el aeropuerto internacional de Katmandú, donde las salidas se miden tanto en abrazos como en tarjetas de embarque. Ella abrazó con fuerza a su hijo antes de que se uniera a una fila de jóvenes rumbo al Golfo, cuyas remesas representan alrededor del 10% del PIB de Nepal.
Se quedó allí hasta que él desapareció de su vista, con lágrimas corriéndole por el rostro.
La mujer de 54 años trabaja como personal de limpieza en un banco, pero los ingresos de su hijo son esenciales. Su esposo, que tenía una pequeña fábrica de jabón, murió de COVID en 2021, dejando gran parte de la carga financiera familiar en manos de sus hijos. Su hija trabaja para una empresa financiera en Katmandú pero, al igual que su hermano, espera construir un futuro en el extranjero.
Mientras Estados Unidos e Irán negocian un fin permanente de la guerra, la madre tiene poco que hacer más que esperar. Mantiene el celular cerca, con la esperanza de que suene y confirme que su hijo está a salvo.
“Me pregunto cómo va a vivir. No podemos simplemente decirle: no vayas. Pero al mismo tiempo, es necesario que vaya”.
Chile: Buscar pasajeros
QUIÉN/DÓNDE: Felipe Molina, Santiago
DÍA TRASTOCADO: 10 de julio
Molina abrocha el cinturón de seguridad, pone en marcha su taxi de techo amarillo y se incorpora suavemente al tráfico vespertino de Santiago.
En el espejo retrovisor, el hombre de 50 años tiene la expresión de alguien que intenta resolver una ecuación imposible. Puede seguir conduciendo, quemando diésel en busca de pasajeros, o detenerse y esperar que lo encuentren. De cualquier modo, pierde.
El conductor peruano ha vivido en Chile por más de 25 años y pasó 17 al volante de uno de los taxis tradicionales de la ciudad. En ese tiempo, ha soportado atascos, recesiones y la pandemia. Pero el alza vertiginosa del combustible desde la guerra en Irán ha convertido cada turno en un esfuerzo por perder menos.
Transporta pasajeros. Entrega paquetes. En la radio, la voz de un comentarista se eleva mientras España se enfrenta a Bélgica en el Mundial. En un semáforo en rojo, un artista callejero con maquillaje de payaso agita bengalas encendidas entre filas de autos detenidos. Molina avanza lentamente, juntando suficientes carreras para mantener su taxi en la calle.
En marzo, el gobierno de Chile anunció uno de los mayores aumentos del precio del combustible del país en los últimos años, a medida que subían los precios mundiales del petróleo. Molina ahora gasta alrededor de un 70% más para llenar el tanque.
Los mayores costos del combustible han agravado presiones ya existentes. Servicios de transporte por aplicación como Uber y la empresa china Didi están atrayendo pasajeros con tarifas más bajas. Mientras tanto, los taxistas con licencia no pueden subir los precios porque las tarifas están reguladas por el gobierno.
Chile respondió con subsidios mensuales para taxistas y otros conductores del transporte público, congeló las tarifas del transporte público y amplió programas para ayudar a los conductores a reemplazar vehículos antiguos.
Pero para Molina, el apoyo no ha cambiado la ecuación.
“Al final, pasamos horas en la calle sin recoger a nadie, y el combustible se sigue acabando”, comenta. “Eso significa que tengo que volver a cargar, y el costo simplemente es demasiado alto”.
Turquía: Un mercado seco para las alfombras
QUIÉN/DÓNDE: Ali Osman Aykul, Estambul
DÍA TRASTOCADO: 24 de junio
La mayoría de los días, Ali Osman Aykul solo tiene a su gato como compañía.
El gato gris, Prince, duerme sobre una pila de alfombras tejidas a mano mientras Aykul, de 48 años, fuma cigarrillos, toma té y ve fútbol. Alfombras turcas de colores intensos cubren las paredes. Sus patrones intrincados irradian calidez. De vez en cuando se acercan pasos desde el bazar de afuera, pero la mayoría pasa de largo.
No siempre fue así.
Antes de la guerra en Irán, la tienda era el lugar donde se reunían coleccionistas adinerados de todo el mundo y especialmente del golfo Pérsico. Luego comenzaron los combates. En 10 días, el negocio cayó un 90%. Se cerraron aeropuertos; los clientes internacionales desaparecieron. Ahora, quizá entren unos pocos al día, pero sobre todo para comprar recuerdos baratos, no las alfombras hechas a mano.
Las cuentas no se han detenido. Electricidad, alquiler y los gastos escolares de su hija —estudia el área de la salud— todavía deben pagarse. Para sobrellevarlo, Aykul no compra ropa nueva, cocina sus comidas en la tienda y escucha música allí en lugar de salir.
Sostiene su pasaporte recién emitido con esperanza, moderada por dudas sobre si, incluso si la guerra termina, el comercio volverá a ser lo que era. Antes de la pandemia, viajaba con regularidad a ferias internacionales, donde los coleccionistas lo buscaban. Ahora espera su visa, con la esperanza de que, si los clientes ya no pueden venir a sus alfombras, él pueda ir a ellos.
“Después de un tiempo, empieza a pesarte todos los días”, expresa. “La música que escuchas empieza a sentirse como una tortura, y hasta el té que tomas deja de darte placer”.
Italia: El aumento de costos dificulta la agricultura
QUIÉN/DÓNDE: Enzo Garbaglia, Fiumicino (Roma)
DÍA DE LA ALTERACIÓN: 12 de junio
Su tractor azul todavía necesita combustible. Lo que ha cambiado es cómo lo compra Enzo Garbaglia.
Durante años, el agricultor a las afueras de Roma compraba gasolina al por mayor, llevando a casa entre 1.500 y 2.000 litros (400–530 galones) cada vez y almacenándolos para la temporada. Ahora compra sólo lo suficiente para mantener el tractor en movimiento.
El combustible apenas es el comienzo. El riego cuesta más. El fertilizante cuesta más.
Garbaglia intenta proteger a los clientes, pero muchos también están pasando dificultades. Compran menos, la producción queda sin vender y los precios bajan. Para cuando lleva su cosecha al mercado, un día de trabajo deja poca ganancia, si es que deja alguna.
En toda la granja familiar de 105 años, hay otras señales de sacrificio y tensión. Las máquinas que Garbaglia usa para cosechar papas son las mismas en las que ha confiado durante años. No hay dinero para reemplazarlas. En casa, la familia evita gastos innecesarios. Incluso tomarse unas semanas libres en verano para recuperarse de largas jornadas en el campo es un lujo.
Sus hijos no planean hacerse cargo de la granja. Durante un tiempo, sus hijas parecían listas para continuar la tradición familiar. Su tienda directa al consumidor atraía clientes de Roma y de la costa cercana. Pero tras años de lucha, concluyeron que la agricultura ya no ofrecía un futuro y se marcharon. La decisión dolió, pero él también se sintió aliviado de que hubieran elegido un camino distinto.
Ahora, Garbaglia se queda cuidando la tierra que su familia ha trabajado por más de un siglo, impulsado por la pasión por la agricultura, la lealtad a los clientes y el orgullo de ofrecer calidad.
Pero sabe lo que viene. El negocio familiar probablemente terminará con él.
“No se pueden vender 105 años de historia”, afirma. “Cuando se acaba, se acaba. Eso es todo”.
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ANIRUDDHA GHOSAL covers the intersection of business and climate change in southeast Asia for The Associated Press. He is based out of Hanoi in Vietnam.
(AP Foto/Aaron Favila)


